Primer compás: Hebert Rasgado
Llegué a Juchitán un día de verano, esto pasó hace ya mucho tiempo. El calor de las diez de la mañana sólo se detenía a la sombra del almendro. Me dijeron que Hebert cantaba en el bar de un hotel que está en la entrada de la ciudad. Después de mecerme en la hamaca hasta que llegó la tarde, me dispuse a ir al lugar. Pedí una cerveza. Era el intermedio, así que no sabía exactamente dónde se había metido el artista hasta que, por fin, salió, tomó su guitarra y empezó a cantar un bolero. El sitio estaba tan lleno que él no me podía ver y decidí no llamar su atención para poder escuchar ese timbre particularmente bello, ese afán preciosista en la interpretación, el desencanto disfrazado de orgullo, el fraseo de esa voz famosa ya en todo Oaxaca. Le miré pulsar su guitarra con el gesto íntimo de quien confiesa su amor. Hebert Rasgado cantaba en zapoteco, en ese mismo idioma interpretó también un arreglo de Yesterday (así es, de Lennon y McCartney, que después grabó) y algunas composiciones suyas. Cuando terminó de cantar me acerqué y le pedí que fuéramos a dar una serenata.
-¿A quién?, me preguntó.
-A la luna, le dije.
Eran casi las diez y, a partir de esa hora, las puertas de todas cantinas de Juchitán se abrieron a nuestro paso, gente que nunca había visto nos invitaba rondas de cerveza que a veces ya no alcanzábamos a tomar. La noche de Juchitán es una mujer morena que se va llorando sus desilusiones por las calles empedradas y se acerca a los que cantan; la luna istmeña, ataviada con su huipil roído por recuerdos que nunca encontrarán la paz estuvo con nosotros hasta que los gallos la espantaron. Ya era de día cuando acompañé a Hebert a su casa y, después de saludar a los vecinos que barrían sus patios, volví a la hamaca del corredor. Allí tuve sueños que ahora no recuerdo.
En diciembre de 2007, mientras estaba en Oaxaca, Vilma me contó lo de Hebert.
Cuando lo vaya a visitar llevaré la guitarra conmigo. Le debo una serenata.
Segundo compás: Andrés Henestrosa
Canté para Andrés Henestrosa en una reunión vespertina, en la Ciudad de México. La casa en donde estuvimos era de un personaje que, para que se hagan una idea, pensaba que el autor de Cien años de soledad era Carlos Fuentes. En efecto: el anfitrión era un político. Yo no había preparado nada para la ocasión y, para colmo, al día siguiente tenía que presentar un examen de filosofía (cursaba los primeros semestres de la licenciatura). Tampoco había ensayado (como siempre) pero había un paisano que interpretaba todo lo que el escritor quería, yo sólo hacía la segunda voz y, ocasionalmente, me atrevía a cantar algo sin acompañante. Allí conocí gente exótica que adoraba al Maestro pero, para mi sorpresa, ninguno de ellos había leído Los hombres que dispersó la danza. Tampoco sabían mucho de Salvador Novo y, por tanto, no les quedaba claro por qué Henestrosa hablaba de él. Tampoco…en fin, muchas otras cosas. Me dediqué a escuchar las muestras más exuberantes de la memoria del autor de "La Ixhuateca", ora contaba algo en didxazaa, ora platicaba una leyenda, después hacía juegos de lenguaje con el humor istmeño que nunca dejó, más tarde relataba la historia de unos versos. Después de algunos mezcales y otras tantas cervezas alguien pidió escuchar el son "La Martiniana". Se hizo un silencio y no sé por qué me decidí. Estaba frente al autor de la pieza, el mismísimo Henestrosa. Por supuesto, lo hice mal. "¿Quién diablos eres tú que no se sabe la letra?, cantas la versión de Óscar Chávez y no es la correcta", me espetó. Acto seguido Henestrosa cogió tinta y papel para escribir los versos originales. Al terminar me extendió la hoja: "Apréndetela".
Nos despedimos del Maestro, y yo había bebido tanto que decidí seguir la borrachera en un sitio donde hubiera un trío. Amaneció y después, por la tarde, se hizo patente mi falta de conocimiento sobre los detalles más relevantes de la teoría de la reminiscencia de Platón.
Swing: Oscar Peterson
En-mil-novecientos-setenta-y-tres-Oscar Peterson-Niels Pedersen-y-Joe Pass-tocaron-juntos-en el London House de Chicago y la cinta que grabaron-allí-y-que-dura-apenas-treinta-y-ocho-minutos es-fundamental-en más de un sentido. Nada igual. Nada. El público grita-aplaude-enloquece. Síncopa-y-escalas-brotando-a-una-velocidad-inusitada. La-gente-no-deja-de-aullar-de-emoción. Antes de que pase algo más viene otro blues, "Chicago Blues".
Doce-años-después-yo-no-podía-cerrar-los-ojos-ni-la-boca: era la primera vez que escuchaba la cinta llamada The Trio (Pablo Records, producido por, ¿es necesario decirlo? Norman Granz). Al principio, la insólita velocidad del "Blues Etude" me hizo pensar que la grabadora estaba mal. Pero no, la explicación es simple: virtuosismo. Y después escuché todo lo que pude de Peterson, aunque lo tuviera que comprar (un casete), pedir prestado a algún amigo (aquí cuento como seis casetes) o robar de alguna tienda (tres más). De hecho, el primer disco compacto que adquirí (no diré cómo) fue de Peterson (Live at the Blue Note, con Herb Ellis y Ray Brown), mucho antes de que pudiera tener siquiera el aparatejo para poder escucharlo. Iba de aquí para allá preguntando a mis amigos si ya habían comprado el reproductor para poder ir a sus casas. Así que le debo al disco de Peterson el haberme abierto algunas puertas y, sobre todo, haberme tendido algunas mesas para ser invitado a comer o a cenar. En tiempos difíciles en realidad eso significa mucho…bueno, de hecho no fueron tantas, y ahora no sé si quede alguien a quien le guste el Jazz; por lo demás, tengo la certeza de que el perverso que inventó el grabador de cidis lo hizo pensando en evitar que tipos como yo arrasaran con la comida de sus santos hogares. Me estremece pensar en el alma enferma que publique la discografía de Peterson en eme-pe-tres. Años después, cuando The Trio llegó a mis manos en su versión CD pensé que yo era el único que merecía escuchar esos treinta y ocho minutos porque, en efecto, no emocionan a nadie tanto como a mí.
En diciembre de 2007 me enteré por el noticiero. Esa tarde me puse a mirar el DVD de un concierto: Peterson en Montreal (producido por ya-se-sabe-quién, en 1977). Una rareza en la que, después de tocar algunas piezas solo, entran con él dos grandes bajistas (Ray Brown y Niels Pedersen). Juntos tocando con ese temible genio del jazz. Alucinante. Oscar Peterson al piano, desbocado, improvisando acordes y notas que, lo sé bien, derriban puertas.
domingo, 3 de febrero de 2008
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