viernes, 8 de febrero de 2008

Del fondo a la fonda (dos tiempos)

Cuando camino recogiendo los retazos de lo que quise ser, a diferencia de mucha gente, no me voy a esconder a una cantina o a un bar. Me crispa la idea de confesarme ante un extraño (o una extraña) que llegará a su casa con alivio al pensar: "Ah, hoy conocí a uno que está más jodido que yo".
Lo que hago es más simple: me largo a caminar al Istmo de Tehuantepec o, si no tengo dinero para el pasaje, me voy a buscar fondas y sitios de comida en los mercados de esta ciudad. Por supuesto, no es necesario ser psicólogo para explicarlo y lo reconozco. El menú generalmente tiene la misma estructura: consomé o sopa, arroz (o pasta fría), un guisado principal y postre. Los platillos se suceden en ese orden y, APARENTEMENTE, no hay mucho más que esperar de esas "cocinas económicas" concebidas para las almas desgraciadas que no pueden ir a un sitio más burgués. En fin, en uno de estos días, y después de ir de fonda en fonda, buscando lo que uno sabe que no habrá, me encontré con "Las flores", en una esquina cercana al Eje 7 Sur. Esto fue lo que pasó.
Primer tiempo: ¿Consomé o sopa? Lo que se entiende por consomé en las fondas es, las más de las veces, un tristísimo potaje que contiene tres piezas de verdura (a lo más) nadando debajo de un caldo insípido. Es un auténtico preludio del hospital. Preferí pues la sopa de pasta, que llegó de las manos de una señora frondosa, vestida con un mandil de otro tiempo (magnífico, no hay uniformes): -"Aquí tiene joven". ¿Joven?, ah, primera gran diferencia, en una cantina te dicen "jefe", lo que ahora me parecería una burla. Al sumergir la cuchara me sorprendió el aroma de la sopa del jitomate, agrio, generoso y dulzón. Aroma de infancia. Un gozo animado por el calor. El alma se distrae entre las letras que se agolpan en el fondo del plato: ¿qué mensaje, qué (des)esperanza se anuncia y quién lo podría descifrar? Una primera lágrima ya recorre la mejilla. La sopa nos transporta a la época en que alguien más se preocupaba por nosotros, cuando tu única tarea era cuidar de no perder muchas canicas por la tarde.
Bien plantado en la infancia, estoy ya listo para elegir ¿arroz o spaghetti? He aquí el platillo de la reconciliación: el hallazgo más grande de mi historia es el arroz con un huevo frito (estrellado) encima. Cuando llega a mí, la clara aún chisporrotea con el aceite y forma una gran colina, reluciente, encendida y brillante. La yema, todavía entera, está en medio de esta figura que tiene los pliegues del holán de un traje de tehuana, los pliegues de un vestido barroco tallados en yeso por Bernini. La yema es un gran sol vespertino de interior pulposo que se mece a punto de estallar, casi desbordándose sobre la cama de arroz. Las márgenes de la clara, y la yema al centro forman el ojo de un gigante que me ha visto crecer, un ojo que guarda, que vigila, que llora estremecido conmigo, por mí, que me reúne al fin con el presente. Sobre innumerables granos de arroz, el huevo frito se tiende como un espejo que escudriña impaciente mi nostalgia por la tierra que me hizo otro.

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